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miércoles, septiembre 23, 2020

La artesana que vive al pie del Aconcagua pasa sus días tejiendo y haciendo pan

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Se llama Haydeé Venegas y tiene un puesto de artesanías en Puente del Inca. Está sin trabajar desde que comenzó la cuarentena.

La artesana que vive al pie del Aconcagua pasa sus días tejiendo y haciendo pan

Haydeé Venegas en su puesto de artesanías que sigue cerrado hasta nuevo aviso.

Ignacio Blanco/Los Andes.

Apenas atiende el teléfono, con esa tranquilidad que transmiten las personas que viven en la montaña, nos cuenta que “amaneció muy frío, todo bien, lindo el sol. Estamos en casa esperando que pase la cuarentena y podamos salir a trabajar”. Se llama Haydeé Venegas –aclara que es con v, porque sus padres eran vascos-, es artesana y vive a 40 kilómetros del pie del Aconcagua.

En una charla con Los Andes, la mujer relata cómo están pasando sus días ella y su marido, viven los dos sólos ya que sus hijas, nietos y bisnietos están en la ciudad; qué se siente vivir rodeada de nieve y de ese imponente paisaje y también reflexiona sobre algunas necesidades que tienen los 40 pobladores civiles de Puente del Inca.

Chilena de nacimiento, Venegas confiesa que ya se siente más argentina porque llegó “a fines de los 80’, cuando aún estaba el ferrocarril (que unía ambos países)”. Se radicó en el lugar que hace 40 años es su hogar, muy cerquita de Plaza de Mulas (el primer campamento del Aconcagua) y allí, en Puente del Inca –que es la zona más turística del lugar- abrió su puesto de artesanías que también llevaba cuatro décadas funcionando hasta que llegó la pandemia.

 “Vendo artesanías de todo el país, de las comunidades wichis por ejemplo, y de distintos lugares de América; tengo lanas del Perú, jarrones ecuatorianos. Desde marzo no hemos podido trabajar y gran parte de las divisas ingresan por ese lado, así que esperamos volver pronto. La leña, que es lo que usamos para calefaccionarnos con una salamandra, sale 14 mil pesos la tonelada, que alcanza para un mes”, cuenta la artesana.

Un antes y un después

Si bien, “gracias a Dios” –dice-, tanto Haydeé como su marido, que es un reconocido científico llamado Ángelo David Leporace y tiene 80 años, están en perfecto estado de salud ya no hay un médico en el lugar como sí había antes. “Somos muy pocos, unas 40 personas de la parte civil y el resto, militares. Hay un enfermero que viene desde abajo y un móvil de urgencia por si llega a pasar algo”, cuenta.

Asimismo, si bien entre los vecinos sí prevalece la ayuda, la artesana manifiesta que en general los tiempos han cambiado mucho. “Somos dos personas mayores y nadie vino a preguntar cómo estamos. La solidaridad que existía antes ya no está, se perdieron valores. Con un enfermero no alcanza, necesitamos un médico de cabecera”, reafirma la lugareña.

Más en profundidad, Haydeé también relata que ella eligió la montaña para vivir porque siempre la atrajo por su tranquilidad. “Hoy no podemos decir lo mismo porque acá se radicó una minera alemana, hace detonaciones a full en verano. Nos llena de polvillo porque es a cielo abierto, cerca del parque Aconcagua. Eso impacta sobre los glaciares que ya se han achicado. Antes cada estación del año era normal pero hoy se perdió toda esa biodiversidad y han desaparecido distintas especies de animalitos. Que nieve es como un milagro porque nuestro recurso hídrico está en el 4%”, se explaya Venegas.

De todas formas, con toda su energía montañesa, Haydeé sigue disfrutando por sobre todas las cosas del modo de vida que eligió hace más de 40 años. “Claro que sabía hacer artesanías pero no sabía tejer así que aprendí en la cuarentena. Tejo para mis nietas y bisnietas, las extraño pero las veo por teléfono. Además leo, hago pan, cocino de todo”, cuenta.

Finalmente, Haydeé relata que también sale a caminar y aprovecha los días de sol para tomar vitamina C. “Extraño mi trabajo porque era mi rutina de todos los días, salía bien abrigada, como disfrazada (risas). Es una vida un poco rara, nunca viví algo así. Sólo sí quedarnos aislados cuando había mucha nieve pero nunca tanto tiempo”, concluye la artesana de Puente del Inca.

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